viernes, 11 de junio de 2010

RÁPIDO VUELA UN DESTELLO DE ORO
Por Manuel Ruano


Era la sangre. Era el repaso inesperado de tu vida. Era esa rabia contenida que te había partido En dos, hasta dejarte como las alas desprendidas de una mariposa blanca. Estremecedoramente blanca que no te deja dormir en ese condenado sanatorio de las perdidas, lo sé, que ahora van a abortar en medio de la indiferencia del mundo.

Y después fueron las cartas y yo y la sangre y ese coágulo desgarrador que casi te lleva al suicidio.

Pero definitivamente no fue el olvido ni la culpa, Mischa, ni aquel brillo de las estrellas ahora muertas, ni Erik, ni Gustav, ni siquiera yo (el amante ausente), la causa del arrepentimiento. No. Tampoco esa consistencia animal que había provocado aquel juego violento que durante años sostuvimos los dos, a espaldas de tu marido Erik y de tu hijo Gustav. Aquel juego ardiente que se deslizaba entre las sábanas de la dulzura y luego de la traición; pero definitivamente cruel , sí, tan ásperamente cruel como podría serlo el invierno de Amsterdam. En ese frío desmesurado que paradójicamente era la fuente secreta del calor, de la brasa, así como el odio o la ternura pueden de pronto ser la fuente de la demencia y de esa mariposa blanca que se desprendía, ahora lo sé, de todo tu inspirado y mágico mundo. Así era de quemante tu cariño. Y así, lo retengo, era de radiante mi felicidad cuando afanosamente se entrelazaba con tu recuerdo, que cautelosamente iba presagiando no sé si el asco, la celebración del amor o la descarnada tortura. Quizá todo eso que mucho tenía que ver con el verso de Sylvia Plath que me repetías atolondrada como una alumna del liceo: "Esta es la luz de la mente, fría y planetaria". Porque con esa misma mente fría y planetaria, estabas inaugurando a toda carrera un sentimiento de locura, de íntima desesperación que acaso ya te estaba alejando más y más de mí, en esas mismas palabras impronunciables de ayer que han dejado en tu caligrafía de colegiala dorada, un rasgo, tal vez una intención de poner orden en tus sentimientos, reacomodar en algún sitio tus ideas, sin darte cuenta que ya habías elegido a la fatalidad de volver a mí, cueste lo que cueste, como también yo sabía hacerlo. En ese desenfreno dulcísimo y agotador que guardabas en tu cuaderno de confidencias fiables y perpetuas. Por eso, quizá, te recuerdo el verso. Ese rayo de luz que ojalá pudiese cauterizar nuevamente tu pensamiento cada vez que vuelvo a tu memoria. Con la misma intensidad que se incrusta en ni, al imaginarte tomando sola esa decisión y conduciéndote también sola al quirófano, para desprenderte de esa parte de ti y de mí (no de Gustav ni de Erik) sino tuya y mía, pero que debía morir como esa mariposa blanca que surca tu pensamiento y tus deseos, ése corpúsculo apenas, dijiste, en el que estaba contenido todo el absurdo y la incomprensión de todos.

Era el sacrificio. Era ese cuaderno tuyo, Mischa, de tapas duras amansadas por el uso. Era todo ese coágulo de sangre que te ocultaba de los demás y luego de la vergüenza y todavía más tarde de mí. Eran esas sábanas blancas y la luz... Era el crepúsculo, la nieve...

Yo sé bien que no fue ni el olvido ni la culpa. Pero lo que sí sé bien, Mischa, es que abrigaste en mí una fuerza incontenible de sinrazón que nunca dejó de acosarme. Como si un diablo intrigante se hubiera apoderado de todas aquellas cartas, de todo lo transcurrido, para dejarme solo, sin tener siquiera tu perdón.

"Esta es la luz de la mente, fría y planetaria", dijiste, como tratando de atrapar un sueño o el instante mismo de esos días clandestinos que ya ves, no pueden borrarse ni con el húmedo estropajo del olvido. De esa forma me jodiste el alma.

Eran las piedras. Eran las catedrales infinitas que se trepan al cielo. Eran los cuadros de Van Gogh y el barrio chino. Era la blancura de la nieve. Eran los oscuros canales que atravesaban la ciudad. Eran los pájaros y la estación de trenes. Era tu bicicleta que se perdía en la noche... Era aquella fugacidad incomprensible de las flores. Era mi grito al saber que te perdía ya para siempre.

Alguna vez sentí mucho miedo y también un tremendo desajuste interior. Yo te había escuchado cantar como nunca por aquellos días del regreso. Y ya el vino nos dejaba un sabor distinto y lejano. ¿No te parece así, Mischa?.. Pero me han seguido las pesadillas y sabía que te resquebrajabas por mi causa. Y te escribí cartas que jamás leístes y te besé cuando dormías entre mis brazos, cuando nada todavía parecía anunciar esa rajadura interior...

Y sin embargo, Mischa, todo eso me hace tocar lentamente lo que permanece de ti a mí alrededor, corno queriendo recomponer todas aquellas viejas imágenes que se ensañan en cribar esa tenue película de la calma o por cribar toda esa calma, que hace de mí una absurda y repetida película. Acostumbrándose a esa inmensa pila de libros polvorientos y manuscritos inservibles que los años han ido desgastando en aquel pasado que forjamos tú y yo, sin Gustav y sin Erik, en el caserón antiguo que tú misma diseñaste con aquellos cortinados al croché; y sus lámparitas chinas sobrecargando las ventanas.

Y debía ser cierto, seguramente debía ser cierto, todo ese espectáculo cálido en el que dejabas tu amor cotidianamente, te lo juro, ante esos espejos que nos protegían del tiempo, de la nieve, de la asqueante realidad... ¡La tramposa realidad que no podías dejar atrás!.. Pero tú tenias un cuaderno de tapas duras y un verso que decía: "Esta es la luz de la mente, fría y planetaria", un conejo de peluche y miles de mariposas blancas que dificílmente te harán olvidarme. Mientras yo, tengo todavía el reflejo de tu desnudez dorada, las fotos de tu padre en Roterdam, de tu madre muerta e irrecuperable, teniéndote en brazos como perpetuando aún más esa serenidad familiar, ese río subterráneo de la memoria como el beso que se me hace, toca el fondo de tu paladar...

Eras una muñeca de trapo despelucada que los niños habían abandonado después de la ronda. Era tu despojo y mi despojo. Esa casa invadida de amor-odio-temor-cautela, como una borrasca ciega que amanecía por primera vez con sus costurones ennegrecidos por el tiempo, hasta quedar convertido en una postal amarillenta, como la de nuestros abuelos... Eras la piel dorada que todavía arde bajo mi piel en el clamor desprendido de un sol ignorado y sediento. Tan sediento como la necesidad de enloquecer. Eran los anticuarios, el mar, la borrasca, los cines de medianoche, los botiquines con figuras bizantinas, el reloj iluminado de la plaza. Era la seducción por el suicidio que te hacía desaparecer durante semanas enteras. Era el deseo, sí, de morir sin testigos, de no levantarte más, de no rendir cuentas a nadie ni aun en una carta. Era la música de esa pianola que fantaseaba acostumbradamente en esas calles viejas de la tarde.

Por todo eso, estoy seguro, me fui a París sin boleto de vuelta llevándome tu recuerdo, para que ahora sí, Mischa, puedas ser la tranquila esposa de Erik, la madre paciente de Gustav y la amante incomprendida que como una mariposa se ha desprendido de sus alas, entre algodones y sangre y locura, al fin, con el sobrecogedor y desesperado último intento de ser reflexiva, valiente, tolerante, con apenas unos breves instantes para los sueños y muchos, lo sé, para la soledad. Simplemente porque era la muerte (ahora lo comprendo) el sacrificio al que nunca habrías de renunciar...


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